Breve relato de una voluntaria de AIC

Los pobres son nuestros amos y maestros

Maria Carla Brunetti / Italia

2 de Enero de 2001

Todos somos misioneros desde nuestro bautismo, sin embargo hay quienes por llamada del Espíritu sienten de una manera fuerte la pasión por evangelizar y hacerlo no sólo en su comunidad o país, sino que sienten en lo más profundo de su corazón la llamada a anunciar a Jesucristo a los pobres en aquellos países más necesitados de evangelización. La vocación misionera no se improvisa, tampoco se crea por si misma, ella se descubre en el corazón y como don y llamada de Dios. Exige una formación sólida, disciplinada e integral. Se requiere un proyecto de formación humana, espiritual, teológica, pastoral, vicentina, misionera y profesional que pueda sostener al misionero en la misión.

Los pobres son nuestros "amos y maestros" dice san Vicente. Los pobres nos enseñan lo esencial de la vida. Nuestra formación pide de nosotros ponerse en contacto directo con los pobres para escucharlos y contemplarlos, descubriendo a Cristo presente en ellos y reflexionar y orar lo vivido en el encuentro con el pobre para descubrir la voluntad de Dios sobre nuestra vida.

Soy voluntaria vicentina desde hace 8 años pero creo que en lo íntimo yo lo he sido desde hace mucho tiempo.  Mi primera experiencia Ad Gentes fue en Ruanda, en el tiempo de la guerra local. He trabajado en un hospital de campaña ayudando para hacer los vendajes; he recogido los heridos o los muertos en la carretera; he vacunado los niños; he recogido y me he ocupado de los huérfanos para introducirlos en una pequeña comunidad de la Cruz Roja Internacional; he suministrado los alimentos.
Esto fue fundamentalmente un trabajo de rápida asistencia en una situación de emergencia.

La segunda experiencia ha sido en Mozambique, en Mafuyane, una aldea cerca de la capital Maputo. En esta aldea, una comunidad italiana ha edificado una Misión desde hace 10 años. He enseñado a un grupo de chicas a hacer puntos y coser. Al final todas estuvieron muy felices y orgullosas por el trabajo realizado. Durante este trabajo he tenido la oportunidad preciosa de escucharlas, de hablar de su situación personal y familiar, de sus proyectos de vida, de sus problemas.

Como voluntaria de AIC es un principio esencial de mis acciones dar la atención debida al ser humano y su integridad. Tenemos que respetar su identidad cultural, considerar su promoción como una prioridad, conocer las realidades económicas, políticas, sociales y religiosas de cada comunidad.

Mi trabajo está basado en las experiencias de los grupos AIC en el mundo, en las experiencias de otras asociaciones humanitarias, en las experiencias del Servicio Proyectos AIC. Las voluntarias AIC piensan que para mejorar la calidad de vida de los pobres es indispensable la participación de los destinatarios: por lo tanto se comprometen a animarlos para que tomen conciencia del valor de su cultura y de sus conocimientos; para que se responsabilicen desde la concepción de la acción hasta la evaluación del proyecto; para que se conviertan en autores de su propio desarrollo y del de su comunidad; para que se integren en la sociedad civil a través de la educación y de una concienciación de sus derechos y de sus responsabilidades; para que se trasformen en agentes multiplicadores de las acciones transformadoras.

Las voluntarias AIC conservan y dan testimonio de la propia identidad, están presentes como fuerza critica pronunciándola por los valores cristianos, éticos y sociales, están presentes como fuerza profética, dando a las acciones humanas y civiles, un valor religioso ulterior, impregnándolas con los valores del Evangelio.

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